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El oficialismo domina el juego. Por Natalio R. Botana
21.04.11 | Otra palabra que se ha puesto de moda. Los críticos del oficialismo pusieron el grito en el cielo porque la reglamentación de la ley de primarias abiertas, obligatorias y simultáneas, lejos de abolir las "colectoras" (ésta es la palabra denostada), ha consagrado su existencia legal mediante el concepto de "listas de adhesión".Este giro del lenguaje es más elegante. Si bien colector o colectora es aquel que, en general, recoge cosas diversas, esta voz también alude a tomar sobrantes y al conducto por donde las alcantarillas van vertiendo sus aguas (muchas de ellas contaminadas o podridas).

Como se ve, el uso de las palabras en cuestiones políticas no es neutral. Sin embargo, para aclarar el panorama, acaso sea mejor recapitular los momentos clave en que se armaron entre nosotros listas de adhesión o de apoyo a candidatos presidenciales y legislativos. En rigor, se trata de una robusta tradición.

Recientes comentarios han subrayado algunos de estos episodios; entre otros, el de Eduardo C. Angeloz, que compitió en 1989 con dos candidatos a vicepresidente; el del FIP de Jorge Abelardo Ramos, que en 1973 apoyó la candidatura de Juan D. Perón; el de Pedro E. Aramburu, que en 1963 concurrió a las elecciones presidenciales con sendos candidatos a vicepresidente provenientes de Udelpa y del Partido Demócrata Progresista. En realidad, el hilo que enlaza estas experiencias se alarga hasta llegar a la década del 30 del último siglo y, más atrás, al momento en que por vez primera se aplicó la ley Sáenz Peña en la Capital Federal, el 7 de abril de 1912.

En 1931, proscripta la Unión Cívica Radical por efecto del golpe de Estado de 1930, el candidato oficialista de la Concordancia, Agustín P. Justo, concurrió a esos comicios con dos candidatos a vicepresidente: Julio A. Roca (h.) por los conservadores y José Nicolás Matienzo por los radicales antipersonalistas. Si bien ganó la fórmula integrada por Agustín P. Justo y Julio A. Roca, importa destacar que este juego entre candidatos con diferentes apoyos se inauguró en 1912, envuelto en la esperanza que entonces despertaba la apertura del régimen político a un ejercicio transparente del sufragio. En aquellas elecciones legislativas, hubo en la Capital 13 listas de apoyo con diferentes denominaciones que se confeccionaron para apoyar las candidaturas a diputados nacionales y senadores de Estanislao Zeballos, Benito Villanueva, Luis María Drago y Alfredo L. Palacios. Todos ellos -excepto Palacios, uno de los líderes del Partido Socialista- eran cabezas de lista y candidatos al Senado de la conservadora Unión Nacional y de la liberal Unión Cívica.

No hay pues innovaciones en esta manera de entender los trámites electorales. Tan sólo vienen a ratificar el carácter laxo, con fronteras movibles e indisciplinas constantes, de nuestro sistema de partidos. No en vano, salvo un candidato del Partido Socialista, hicieron uso de este expediente en 1912 agrupaciones débiles en términos de organización interna. La UCR, el partido más fuerte en aquella competencia, no necesitó listas de apoyo para obtener la victoria. Con la perspectiva que nos ofrece el desenvolvimiento de un siglo, hoy éste no es el caso. En lugar de afianzar el sistema de partidos, el ejercicio de la democracia durante estos últimos 27 años lo ha debilitado y fragmentado.

Este pronóstico vale para las oposiciones y menos para el oficialismo, a la luz de la reglamentación que circunscribe la propaganda política de los partidos a un breve lapso, previo a las elecciones primarias y generales. Entretanto, ninguna provisión cierra, en el curso de estos meses, el grifo de la propaganda oficial (en especial, relevante dato estratégico, en los avisos ligados a la gran obsesión nacional del fútbol). En la traza de Mussolini, Franco y Perón, éste es un reaseguro para el despegue del oficialismo. Como la candidata es por ahora la Presidenta en funciones, la campaña se cifra, más allá del talante personal y del consumo inducido por la política económica, en lo que el Gobierno hace y dice que hace.

Por su parte, las oposiciones se van desperezando con lentitud. Primero, porque la selección de candidatos es también muy lenta en muchos partidos (la procesión de internas partidarias, con papelones como el del Peronismo Federal, es difícil de digerir); segundo, porque esos procesos se confunden con las idas y venidas de los comicios provinciales que se irán sucediendo de aquí a octubre; tercero, porque la fecha del 14 de agosto para celebrar las primarias obligatorias tiene el vicio de postergar las definiciones en los partidos de oposición y la virtud de reforzar la marcha, apuntalada por los recursos del Estado, en pos del triunfo de la candidatura reeleccionista de la Presidenta.

Estamos pues en presencia de un embudo que está trasvasando las ambiciones en pugna por un hueco muy estrecho. El embudo evoca una concentración posible de las fuerzas hoy dispersas y, al mismo tiempo, nos recuerda que esta operación habrá de ubicarse en un terreno plagado de enredos. Mejor no ocuparse de las colectoras y sí de este paisaje.

De esta manera se ha desatado una disputa para apropiarse del sentido común de la cosa pública, como si a la Argentina, según un desenvolvimiento natural semejante a la ley de gravitación, no le quedase más opción que ser gobernada por el peronismo en sus diferentes variantes. Esta hipótesis puede ser desde luego aceptada con resignación o entusiasmo y también rechazada con indignación. Empero, quizá se olvide lo elemental: que es una hipótesis sujeta a la incertidumbre ínsita en la definición misma de la democracia.

A ello se suma el hecho de que aún no hemos entrado en la etapa final de este enredo, allí donde la opinión pública, ahora francamente desinteresada de estas argucias legales, recién se despertará y tendrá que sopesar alternativas con relación, por lo menos, a dos contextos: el de las oposiciones que ya estarán más depuradas y el escenario en que dirimen sus conflictos las cuatro alas del peronismo: la política, la sindical, la setentista y la de los movimientos sociales. Ya han mostrado los dientes políticos y sindicalistas. No es improbable que estos conflictos sigan aumentando en la medida en que las expectativas acerca de lo que vendrá, para bien o para mal, sigan proyectándose sobre la pantalla del oficialismo.

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